La ruleta rusa de Charlotte: Suárez triunfa bajo el diluvio mientras Van Gisbergen y Penske lidian con el caos
La 67.ª edición de la Coca-Cola 600 no dejó para Shane van Gisbergen sus mejores cifras sobre el papel desde que dio el salto a la NASCAR Cup, pero cualquiera que no le haya quitado ojo al Chevrolet número 97 de Trackhouse Racing tiene claro que ha sido su carrera más bestia en un óvalo hasta la fecha. Acarició la gloria en una noche marcada por la imprevisibilidad, la lluvia y los accidentes múltiples, un escenario en el que cada equipo tuvo que sobrevivir a su manera.
Rozando la machada bajo la amenaza del cielo
Su mejor registro en este tipo de trazados sigue siendo aquel sexto puesto en Atlanta a principios de año, seguido de un top 10 en Kansas el pasado otoño. En Charlotte estuvo a punto de conseguir el tercero, pero el destino le tenía reservada una undécima posición por cuarta vez en la categoría reina. Sin embargo, quedarse solo con ese dato es rascar la superficie de lo que de verdad pasó en la pista. Como la lluvia obligó a cancelar la sesión de clasificación, SVG salió tercero. Y lejos de venirse abajo frente a los veteranos, el neozelandés no soltó el hueso. Se mantuvo afincado en el top 5 bastante tiempo y apenas asomó el morro fuera de los diez primeros en casi todo el día: cerró la primera etapa décimo, la segunda noveno y la tercera séptimo, llevándose cinco puntazos extra de propina.
En la recta final, Van Gisbergen se la jugó con todo. Decidió quedarse en pista con neumáticos muy desgastados y aguantó el tipo liderando durante 11 vueltas con el radar del tiempo amenazando con descargar. Treinta y seis giros después de que perdiera el control de la prueba, la lluvia obligó a dar por terminada la carrera de forma prematura, coronando a Daniel Suárez como vencedor absoluto. Shane acabó undécimo lastrado por unos relanzamientos que fueron un auténtico avispero y una parada en boxes bastante floja. Aún con la liada final, le bastó para subir dos puestos en la general y dejar de estar en la cuerda floja del Chase.
El piloto estaba exultante por el ritmo del coche, pero no se cortó al reconocer que estaba bastante cabreado por haberse quedado fuera del top 10 después de todo el curro en cabeza. “Da mucha rabia”, reconoció Van Gisbergen. “Tuve un día increíble, pero estoy cabreado. Teníamos un coche para acabar quintos o sextos y simplemente no dimos la talla en el momento clave. Ha sido una pasada rodar ahí arriba todo el día. Nos vino de perlas la posición de salida por la cancelación de la qualy, y Stephen (Doran, su jefe de equipo) estuvo fino decidiendo no entrar a boxes. Liderar esas vueltas fue brutal”.
El garaje de Ford: De la pesadilla al oficio de picar piedra
Si para SVG fue un día de sentimientos encontrados, la otra cara de la moneda la vivieron los pilotos de Ford en el Team Penske, encarnando la pura supervivencia. Para Austin Cindric y su equipo del Mustang número 2, la noche se fue al garete en un suspiro. Salía octavo gracias al reglamento, y aunque anduvo metido en el top 10 quejándose de que el coche iba algo suelto en los primeros compases, todo pintaba decente. Tras entrar a cambiar las cuatro gomas y ajustar presiones en la vuelta 34, volvieron a la carga en la séptima plaza. Poco le duró la alegría. En la vuelta 53 se vio envuelto en una montonera monumental que destrozó el frontal de su coche. “Creo que simplemente se me fue de atrás y luego me calzaron un buen viaje”, resumía Cindric, resignado a un doloroso puesto 38 y sintiéndolo mucho por su equipo al ni siquiera poder acabar la primera etapa.
Mientras el coche de Cindric se iba al garaje antes de tiempo, Ryan Blaney se puso el mono de trabajo. Conduciendo el Mustang número 12, se cascó tres top 10 en las diferentes etapas para amarrar finalmente un séptimo puesto final. Fue un día de picar piedra puro y duro. Logró escalar del undécimo al sexto lugar cerrando la primera etapa y mantuvo el ritmo en la segunda. Sin embargo, un sobreviraje de manual al inicio del tercer segmento le hizo caer bastantes posiciones. Su jefe de equipo, Jonathan Hassler, supo leer la jugada y le llamó a boxes en pleno ciclo de bandera verde en la vuelta 250, una maniobra que le devolvió directamente a la pomada.
El verdadero examen para Blaney llegó con los reinicios locos de la última etapa. El pelotón se dividió en mil estrategias distintas, y el número 12 se quedó emparedado en un three-wide que le mandó al puesto 16 justo antes de que se desatara el caos en la recta trasera. Blaney logró salvar los muebles de milagro tirando el coche contra el muro interior, apenas dándole un beso al parachoques del coche 41, lo justo para no tener que entrar a boxes. Tras la bandera roja y el breve relanzamiento antes de que cayera el chaparrón definitivo a falta de 31 vueltas, logró trepar al séptimo lugar. “Ha sido una carrera de pura supervivencia y bastante peleada”, admitía el piloto, dando por bueno el botín tras el sufrimiento.
La verdadera machada de la jornada llevó la firma de Joey Logano. Arrancar trigésimo tercero en un circuito como Charlotte no es plato de buen gusto para nadie, pero el del Mustang número 22 no tiró la toalla. Para el final del primer segmento ya había escalado hasta la undécima posición. Su equipo quiso jugársela alargando la tanda en verde durante la segunda etapa, un órdago que casi les cuesta un disgusto mayúsculo cuando la goma delantera derecha empezó a desintegrarse en la vuelta 151. Pese al susto y caer al puesto 21 tras entrar a boxes, Logano tiró de manos para volver a colarse decimoquinto al cierre de ese segmento y, tras una carga final brillante, sobrevivir al caos previo al diluvio para cruzar la meta en un octavo lugar que sabe a absoluta victoria dadas las circunstancias iniciales.